POEMAS DE El fuego hacia la luz, de Izara Batres. Con prefacio de Luis Eduardo Aute y Emilio Ruiz Barrachina

diciembre 27, 2011

Prefacio al libro, por Luis Eduardo Aute:

Arden estos poemas de Izara Batres y,  efectivamente, son «fuego hacia la luz», fuego que, en su viaje hacia la luz,  alimenta la voluntad de renacer de las propias  cenizas.

Original y complejo este poemario. Su título El fuego hacia la  luz es traducción al castellano de su nombre propio en euskera: Izarasua. La  metáfora se refiere a la esencia del hombre o del poeta: la llama que sueña ser  inmortal. Sin embargo, esta selección de poemas no es exactamente un  autorretrato, o no lo es siempre. Hay tramos que deben identificarse con su  itinerario biográfico, tanto emocional como reflexivo, y otros más alejados de  su vida en los que profundiza a través de la  imaginación. […]

Luis Eduardo Aute

Prólogo de Ruiz Barrachina:

«Amad hasta la muerte», es el último  verso del libro y perdonad que comience desvelándolo, pero es el broche que  cierra este collar de versos, circular, engastado con luces de Nueva York y  desgarros íntimos. Una poesía directa, sobria y profunda, teje los versos de  este poemario que destila color, otoño, melancolía, amor y esperanza entre sus  páginas. Izara Batres, con versos libres, afrontando una poesía sin tapujos, «nos sumerge en su idea del hombre elevándose hacia la esfera atemporal», según  sus propias palabras, «que mira más allá de las cosas y desea salir del  condicionamiento del tiempo y del espacio (y por supuesto de los  condicionamientos sociales) para ser realmente libre e inmortal» en su deseo de  vivir en la tranquilidad y la esperanza de quien sabe irrecuperable un esfuerzo  entregado al tiempo que no tiene retorno. […]

 

ALGUNOS POEMAS DEL LIBRO

I
El poeta y el tiempo

Una esfinge,
sobre el milagro nocturno
de la tierra azul,
baja sus párpados de infinito y arena.
Se suceden los instantes, las liras.
Despacio, el tiempo cierra el libro
de la luz y la belleza.
Algún deseo lejano, de medianoche,
volando hacia la inmensidad del fuego,
se derrama en versos.
El poeta y el tiempo,
como en una persecución errática,
mueren de suicidio,
por exceso de amor a la vida.

II.

Manhattan Blues

Dame la mano.

Ven conmigo para que te explique la fina trama de la ironía.

¿No es verdad que, a punto de la noche,

cuando el cielo se convierte en un océano de luces

bajo la ciudad de Nueva York,

tú enciendes un cigarro y respiras,

y dejas que las cosas bailen al compás de algún viejo blues?

¿Es cierto que, todavía, en Central Park

se desintegran los cometas,

y, más tarde, caminando por la Quinta Avenida,

los árboles son de otoño?

Tú nunca me contaste el secreto invisible

para hacer de esta distancia lo que hicimos;

para que, una vez, desde la ventana de uno de esos rascacielos

le dieras la vuelta a mi vida.

Es gracioso que recuerdes los paseos por Greenwich Village

entrelazados con la sutil fábula de niñez.

Y el puente de Brooklyn,

como un gigantesco caballo épico,

dorado y llameante,

cabalgando sobre las aguas de fuego, al atardecer.

La noche es una descomunal alfombra de versos

que has desnudado y tendido a nuestros pies

infinitas veces,

con un solo gesto de tus dedos.

Un solo brillo infinito con el que admirabas

los objetos de las tiendas antiguas,

y esa febril emoción

de las hermosas tardes de primavera frente al lago,

suspendidas en el tiempo.

Pero aquella pastelería,

en la que fuimos unos deliciosos chalados

en busca del aroma blando y caliente, al amanecer,

se ha confundido, absurdamente,

con el hormigón,

silenciada, como una estructura sin ojos.

Y nosotros…

¿nos hemos perdido?

Cuéntame esa pequeña inconsistencia

que te convierte en lo que me ayuda a respirar.

Me pareces de brisa cuando te imagino

con una copa elegante en la mano,

música jazz en tu apartamento de Frank Lloyd Wright,

el cuerpo esbelto, la gabardina,

y una mirada de miel, infinita, a través del cristal,

derramando melancolía

sobre las calles y los ritmos de Nueva York.

Memorias agridulces de los días felices,

del frenético esplendor en las avenidas,

y la sucesión de lunas y esfinges

que habitan las noches de la gran ciudad.

¿Crecerán, esta vez, las flores de primavera en Little Italy?

¿Regresarás a ese laberinto de imágenes

que es Broadway con la 42?

Escríbeme un verso y yo te regalo

la mejor de mis sinfonías.

Tal vez así lleguemos al acuerdo perfecto;

ése que no divide nuestros tiempos y nuestras vidas.

Y quizá yo esté ahí;

quizá yo llegue a mirarte desde la risa cálida,

bajo las ramas floridas o desnudas de los árboles,

en una de las cuatro esquinas.

Quizá esté enfrente, esperando,

con un ramo de flores, y el cuello de mi abrigo largo

desplegado, al modo de un dandi,

mientras los coches pasan,

y las mujeres bajan las escaleras con sus tacones.

Y entonces, tal vez, te recordaré con esa sonrisa tímida,

pero súbitamente turbadora,

el viento de Manhattan revolviéndote el cabello,

y, al fondo, el Hudson, y la antigua melodía del puerto.

Tus manos sobre el abrigo, mientras corres,

sólo una imagen fugaz,

juego de luces, los cables del puente,

algún turista en pinceladas,

yo diría estupideces;

y tus ojos sonreirían, con esa particular forma de contención

que abarca el mundo.

Ignoro si aquel aroma de hibisco sigue perfumando

el trozo de parque que nos prometimos,

mientras sonaba la vieja canción de jazz.

Pero déjame decirte que, una vez, tuvimos…

Quizá, una vez tuvimos

ese irónico, leve destello

que anuncia la eternidad.


marzo 12, 2014

IV.

Era en otro país.

Eran los tigres, de noche,

y las estrellas, en el tambor, a lo lejos.

El barco de coral inundaba el cielo,

cargado de risas.

Rugían las olas.

Un latido, en el aire, golpeó,

salvaje como el universo.

Y entendí

que, al fin, el dolor

había perdonado a mi alma.

 

V.

Tiene que estar ahí,

entre el telón y la espuma

y la baba amarilla de la luz eléctrica.

Tiene que estar más allá del circuito

que nos deshace y nos traza

bajo el licor urbano de las mareas.

Tiene que ser algo más que un lunes

tras el domingo,

algo más que la m-40;

tiene que estar deshipotecado,

desacontecido,

escindido de la madeja.

Tiene que ser dorado y pasaje,

la suma oblicua de ayer y selva,

tiene que desplegarse,

como el milagro de una edad encendida,

sobre el muro del opio,

los trámites y los enemas,

sobre las cifras, sobre el amor dormido,

sobre el magnífico absurdo

de la burocracia ciega.

Tiene que desplegarse,

con las alas enfebrecidas,

hasta tocar el vértigo de las esencias.

Y cuando ruja, con su profundo corazón celestial

incendiado de cólera y ternura,

sabremos que no era un sueño.

 

 VI.

Fabrícame con tus ojos la existencia

de un lugar en armonía con el fuego,

haz una barca con los extremos del día,

pon en el centro una urna y un sitar,

yo seré la golondrina.

Crearemos, en el viraje, un boceto

de lo que debe ser la eternidad;

después, ataremos hilos de colores.

Haremos un pastel para desinfectar

el tuétano del coloso,

lo limpiaremos de billetes

y de nada;

proclamaremos el estado

de ingravidez.

Haremos cera, como las abejas,

la volcaremos sobre los huecos,

sobre la sucesión de instantes,

hasta que el mástil gire.

Será la percusión de un increíble

amanecer almendra.

Una vez que el viaje haya comenzado,

no mires atrás,

no dejes que tu pelo se detenga,

sé cómplice del ritmo;

déjate acariciar

por el viento en el que se mecen las aves,

por el enloquecido ciclón imaginario

que barrerá las calles de felpa,

y dibujará cascadas y óleo

desarticulado,

y hermosos caballos-cisne,

donde, hoy,

hay plazas de piedra.

Mira más allá de las olas que acarician

el vientre infinito;

escucha,

sólo un segundo, un átomo, una centésima…

En la llama del verso hacia la luz

alguien ha dejado un mensaje:

«Amad hasta la muerte».

 

VII.

Yo he visto atardeceres nubosos como el halo del deseo

en una fugaz respiración de invierno.

He contemplado cómo una mirada puede ensordecer

la ira del clima.

Y tus manos han acariciado numerosas veces

esta pátina del olvido

que ofrece un vulgar otoño.

O el primer recodo del frío, al final de una calle de Nueva York.

 

Te quiero porque te vuelves rojo cuando el aire ha exhalado

el último hilo de niebla,

cuando ya no quedan heridas,

y el cielo apaga el vendaval del mar,

tras la búsqueda.

He amado muchas veces tu espléndida frente recia

que no naufraga;

el nuevo estallido de las espinas.

 

Por esto y por otras cosas,

porque he visto caer el telón

sin que el mundo se despierte y pueda ver la obra,

amo tu sinfonía al vaivén del fragor desordenado.

Cuando la última estrella ha puesto en el rosado crepúsculo

un poco más de fantasía.


Reseña sobre El Fuego hacia la luz de Ana Soledad Cáceres Guillén, en El Ciervo, abril 2012 número733

febrero 24, 2014

El fuego hacia la luz no sólo se refiere a la esencia del hombre y a su sueño de inmortalidad sino que define la trayectoria de unos versos cuya llama vibra y atrapa desde el primer poema hasta el último. Izara Batres (1982), poeta, escritora y periodista, nos regala un impecable dominio del lenguaje poético y una frescura que no resta elegancia ni profundidad a ninguna de esas imágenes de una potencia extraordinaria, originales, hermosas, transportadoras. Batres consigue una transmisión de emociones casi eléctrica con metáforas magníficas como : “El poeta y el tiempo mueren de suicidio, por exceso de amor a la vida”. No hay en El fuego hacia la luz, lugares comunes ni artificios, ni un solo poema que no nos encienda o más bien nos “incendie” y nos apeteca terminar de leer perdiéndonos entre sus matices esenciales, complejos y sinceros, filosóficos muchas veces, con la satisfacción de haber aprendido, de haber volado hacia otro tiempo y otro espacio y con la sensación de una poesía en mayúscula. El fuego hacia la luz se hace corto y se antoja una ventana abierta a un ya cada vez más difícil aire fresco. Esperemos que estos tiempos difíciles que vivimos no la cierren, ni pesen sobre la fina sensibilidad de esta escritora que ya no es ninguna promesa de la poesía sino que, poniéndose a la altura de los grandes e incluso logrando en sus versos imágenes y sensaciones que poetas “grandes” y “reconocidos” no han logrado, es ya más que una afirmación.


Poema de El fuego hacia la luz, “Canción de cuna”

febrero 21, 2014

CANCIÓN DE CUNA

 

Luz de la nube sin fin.

Desde mi cama

veo pasar las nubes del cielo y el tiempo.

La luz entra por el balcón y derrama

su dulce hilo trágico de recuerdos.

Tal vez, la cuna sigue meciéndose.

No lo hago yo. No puedo.

No me muevo de esta cama

y de esa nube.

Nuestro precioso, precioso niño sin dientes…

Hace tiempo que no le oigo llorar.

Antes, venían esas mujeres

con abrigos negros;

y le mecían, y hablaban tan alto.

Y yo quería que se fueran,

que nos dejaran solos,

que nos dejaran dormir.

Las grietas en las paredes

se abrían como heridas,

se tragaban el aire,

encendían el llanto extenuado, hambriento,

el chillido de los pájaros,

posados en el balcón,

en los amaneceres de ceniza y de hielo.

Escombros de naturaleza caliente.

Gritos,

rompiéndose,

en los oídos, en las entrañas,

en todo el universo,

mientras se confundían los ángulos

del espacio y del tiempo.

Oía la cuna moverse,

muy despacio,

con un gemido lento y amargo.

Y quería levantarme a mecerlo.

Quería levantarme.

La noche era una garganta infinita

que crujía bajo el suelo.

Nos dejaron dormir.

Ahora me miras desde el gris triste del papel,

los ojos hechizados de estrellas.

Me susurras…

viejos sueños, viejos recuerdos

que se perdieron como líneas de luz dibujadas

un instante en la niebla.

Mi amor, no te sientas triste;

sus sábanas rotas lo arrullan en silencio.

La luna febril se asoma a la ventana,

enferma de amor y de sangre.

Pero ya no trae gritos,

sólo una noche herida de abismo,

tan sigilosa, que duele.

Antes me ovillaba para protegerme,

cantaba muy bajito;

cantaba esa canción del gramófono, ¿recuerdas?

¿Recuerdas cuando bailábamos?

y te reías,

y yo me ponía ese vestido blanco…

La música era leve, la escucho

cada día, cada minuto, en mi cabeza.

Cada segundo.

Le cantaba a esa cuna rota.

Y él levantaba sus bracitos

y sonreía.

Si le hubieras visto, parecía un ángel.

Yo le cantaba canciones hermosas,

los sueños que escribiste para él.

Hacía frío…

(¿Recuerdas el vestido blanco?).

Cuando ocurrió, hacía frío.

Entraron esos pájaros

después del último estallido.

(¡La música, aquella música, aquella música hermosa!).

Y ya nada pudo evitar el aullido del cilantro,

ni la bestial geometría del cuervo, ni el hedor,

ni la gélida pulsación que decapitó los días.

Una hiedra lenta pudrió los muebles,

la nube se instaló en el salón, se dislocaron

las notas confusas que componían la belleza

y la alternativa, una sola daga rígida

dividió la sangre.

La cuna dejó de moverse.

Ya no tenía frío.

Pero seguí meciendo la cuna,

seguí cantando, para que pudiéramos dormir,

para que pudiéramos respirar.

Cantaba y mecía la cuna.

Ahora, sólo tengo sueño.

Huele a humedad,

como si hubiera llovido durante siglos

sobre la tierra.

El sol encharca, otra vez, la habitación,

con trazos de luz y de sombra;

susurra, desde el crepitar diminuto,

su ruido de polvo sobre la luz,

su murmullo perverso e interminable.

No se va, aunque apriete fuerte.

No quiere irse.

Pero eso ya no importa…

Le meceré, le daré de comer,

y volverá a sonreír,

y jugará con el caballito.

¿Dónde está ese caballo blanco de cartón?

No estés triste, mi vida, ni por un instante.

Son días hermosos. Días felices,

para nuestro precioso, precioso niño

que ya no llora.


Reseña en Cantando sobre el atril, blog del profesor de literatura Félix Rebollo, el 13 de febrero de 2014

febrero 21, 2014

Ante mí otro libro con una poética ardorosa, de entrega, de entusiasmo, de dicha, con que nos envuelve Izara; hasta su nombre nos conduce hacia al Parnaso, al paraíso poético. Al leer el título, me vino a la memoria la expresión “vivid como hijos de la luz”, que no sé exactamente de dónde la he tomado, quizá oído, pero que se hace realidad en este nuevo libro de una gran poeta que desconocía hasta que caí de bruces al leer Avenidas del tiempo.

“Amad hasta la muerte” es el verso final. El que ama de verdad, el que llega a ser amigo/a del alma, compañero/a del alma debe esperar también en el más allá si existe; a eso debemos aspirar; recordemos el verso lopiano: “y pasaremos juntos el Leteo“, o el quevediano “Amor constante más allá de la muerte” (Nadar sabe mi llama el agua fría (…). Polvo serán, mas polvo enamorado). Es la entrega total, sin fronteras, ni espacios, ni edades; no se desintegra. Si no se llega ahí, no hubo verdadero amor, fue alicorto, de vuelo rasante. Aquí la naturaleza es exigua, y si vemos lo presente solo  es dadivosa para una minoría.

En una tarde de un dia lluvioso, leo, miro a la lejanía,  me detengo ante el verso de Izara, ensimismado, absorto.  Esta vez comencé por el final; me ha enzarzado; el último poema comienza con “Fabrícame con tus ojos la existencia”. Ya no hace falta continuar, quedo ebrio, embelesado. Hay una tradición en la poesía cómo los ojos, la mirada, constituyen una atracción superior; en concreto, a mí es lo que me encadila, lo que me hace ser; es la hondura, la entrega sin fin, el amanecer en tus ojos, el arrullo constante, una celebración en suma.

Otra idea que me estremece del libro es lo maternal-qué más da que sea experiencia personal o no-; poco importa.  En el poema “Canción de cuna” el yo poético ha libado de tal forma que nos sumerje en una realidad; lo primordial es que nos trasmite, nos asombra con los versos: “Ya no tenía frío. / Pero seguí meciendo la cuna, / seguí cantando, para que pudiéramos dormir, / para que pudiéramos respirar. Cantaba y mecía la cuna. (…). No estés triste, mi vida, ni por un instante /. Son dias hermosos. Días felices, / para nuestro precioso, precioso niño / que ya no llora“. Todo un hito maternal, ¡que asombra!

¿Por qué el dolor amoroso arruina, nos empequeñece? Simplemente porque ansiamos que el otro/a nos quiera de la misma forma. ¿Debemos exigirlo? He ahí el dilema. Es el dolor el que nos inunda de egoísmo porque queremos todo, no una parte. ¿No es alagüeño que nos digan “Te quiero hasta donde ya no quedan nombres / ni palabras”? La imperfección en el amor no cabe. El sentimiento no calla, es luz, es uno (“Mañana veré tus ojos. / Tu rostro estará arrugado; pero tus ojos, / como el reflejo de los días en que viví / la belleza de las cosas, / seguirán siendo / del color del mar“.

El recuerdo soñador con destellos de vida intensa-¿qué más se pude decir?- lo desliza nítidamente en (“Iré al sur, / cuando no estés, / para ver el amor como lo dejamos. / Para que tengan tu aliento las calles, / y las almenas llanto“.

También subyace la traición, el engaño (“a ese falso gritar amor / y, con avidez, calentar la nada, / a esa caricia engañosa / que se hace migas“. Y cállate se hace acción, no me lo digas más, en (“no me vendas el necesito la piel con piel´”), que refulge en el verso (“al ´ya´ / sin profundidad y sin alma”). Es, claramente, aléjate. Así no te quiero.

El recuerdo del poeta de Orihuela se hace ver como solidaridad, como justicia.  La pregunta es necesaria en el verso (“Y tú, Miguel, que soñabas otro universo, / ¿a dónde fuiste?), en la que aflora el verso manriqueño. Pero, antes, Izara ha recordado al poeta (“Te derramaste como un mar de luz / sobre la noche de los que sufrían, / les pusiste en pie”). Por si no quedaba nítida la querencia, lanza al aire: “Te seguimos, Miguel”.

La preocupación por los que callan, por los que van en tropel, por los dormidos por el sistema, por los pasivos, por los que miran solo,  por aquello de “si lo que piensas no está en Facebook, / deberías esconderte. Todo el mundo sabe que un cerebro dormido / es querido por todos y, del sistema, el mejor amigo”. Son destellos de la sociedad de consumo.

Si tienes la oportunidad de leer estos treinta y nueve poemas de que consta el libro, en ellos hallarás esa ráfaga de conocimiento, de simiente, de destello continuo, de albor, en este caminar en el que hemos sido llamados para recorrerlo.

 


Otros libros de Izara Batres

febrero 1, 2014

portada Cortázar y París

Cortázar y París: Último round.

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Confesiones al psicoanalistaConfesiones al psicoanalista new

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ENC o El sueño del pez luciérnagaportadaENC good

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Audios de las entrevistas en Radio Nacional de España (Idiomas sin fronteras, 11-01-2012) y en la Cadena SER (Hoy por hoy Madrid 12-01-2012)

febrero 3, 2012

http://www.rtve.es/alacarta/audios/un-idioma-sin-fronteras/idioma-sin-fronteras-11-01-12/1292215/

 

http://www.cadenaser.com/cultura/audios/hxhm-alvarno/csrcsrpor/20120112csrcsrcul_1/Aes/


Avenidas del tiempo, de Izara Batres (poema del libro)

febrero 3, 2012

Por: Izara Batres

I

La luna está creciendo, con la nítida irrealidad

de un globo onírico.

Tiene un asombroso resplandor febril

que inunda la tierra.

Cuando cesa el rumor de su eco destrozado,

el mar se convierte en piedra.

Las calles,

las inmensas circunferencias que gravitan

cerca del núcleo,

vuelan en pedazos.

Y la ceniza de hielo baña la superficie;

su luz es blanca.

La muerte de una sonrisa exangüe.

Como en las mejores puestas de sol,

el aire tiene, entonces, una claridad distinta.

Lo que sentimos, lo que creemos;

todo lo que hemos visto, lo que hemos escrito

conforma una gigantesca burbuja de sentido.

Oscila, igual que el universo, en el inquietante juego

del azar,

junto al frío del invierno,

por los senderos malditos, elevados

como gotas suspendidas

en un instante de eternidad.

Y es, simplemente, como el primer día

y el primer destello,

naciendo, en su lujo impertinente,

del dolor y del fuego.

Ese crepitar del infinito que vienen a ser,

absurdamente,

las avenidas del tiempo.

 


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