Del libro:

II

El secreto de la naturaleza

Ella tiene la calma del mar y su furia serena.

Un océano de luz la separa del globo febril de tierra.

En sus ojos se cruza el sentido con la virtud de los amantes,

la densidad y las melodías.

Su cuerpo es la sabiduría de la mujer deidad;

esconde abismos de curvas y trazos aritméticos.

Sus palabras son peces llenos de luz, nadando hacia el núcleo

del caos y del equilibrio.

No tiene trabas, no ha aprendido a odiar los rudimentos de la convención y su óxido.

Vive ajena a la lucha por la nada, a la supervivencia del instinto.

Está desnuda.

Pero no toquéis, campanas estentóreas, no hagáis ruido todavía.

La pureza está, aún, enamorada de su alma.

Ella lo sabe.

Y, también, que no se lo perdonarán jamás.

 

III

Tenías la mirada eterna,

como las sirenas que invento en sueños.

Me preguntabas si amaba la noche

y te derramabas en luces.

Era en otro país.

Eran los tigres de noche,

y las estrellas en el tambor, a lo lejos.

El barco de coral inundaba el cielo,

cargado de risas.

Rugían las olas.

Un latido en el aire, golpeó,

salvaje como el universo.

Y entendí

que, al fin, el dolor

había perdonado a mi alma

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