Reseña sobre El Fuego hacia la luz de Ana Soledad Cáceres Guillén, en El Ciervo, abril 2012 número733

febrero 24, 2014

El fuego hacia la luz no sólo se refiere a la esencia del hombre y a su sueño de inmortalidad sino que define la trayectoria de unos versos cuya llama vibra y atrapa desde el primer poema hasta el último. Izara Batres (1982), poeta, escritora y periodista, nos regala un impecable dominio del lenguaje poético y una frescura que no resta elegancia ni profundidad a ninguna de esas imágenes de una potencia extraordinaria, originales, hermosas, transportadoras. Batres consigue una transmisión de emociones casi eléctrica con metáforas magníficas como : “El poeta y el tiempo mueren de suicidio, por exceso de amor a la vida”. No hay en El fuego hacia la luz, lugares comunes ni artificios, ni un solo poema que no nos encienda o más bien nos “incendie” y nos apeteca terminar de leer perdiéndonos entre sus matices esenciales, complejos y sinceros, filosóficos muchas veces, con la satisfacción de haber aprendido, de haber volado hacia otro tiempo y otro espacio y con la sensación de una poesía en mayúscula. El fuego hacia la luz se hace corto y se antoja una ventana abierta a un ya cada vez más difícil aire fresco. Esperemos que estos tiempos difíciles que vivimos no la cierren, ni pesen sobre la fina sensibilidad de esta escritora que ya no es ninguna promesa de la poesía sino que, poniéndose a la altura de los grandes e incluso logrando en sus versos imágenes y sensaciones que poetas “grandes” y “reconocidos” no han logrado, es ya más que una afirmación.


Poema de El fuego hacia la luz, “Canción de cuna”

febrero 21, 2014

CANCIÓN DE CUNA

 

Luz de la nube sin fin.

Desde mi cama

veo pasar las nubes del cielo y el tiempo.

La luz entra por el balcón y derrama

su dulce hilo trágico de recuerdos.

Tal vez, la cuna sigue meciéndose.

No lo hago yo. No puedo.

No me muevo de esta cama

y de esa nube.

Nuestro precioso, precioso niño sin dientes…

Hace tiempo que no le oigo llorar.

Antes, venían esas mujeres

con abrigos negros;

y le mecían, y hablaban tan alto.

Y yo quería que se fueran,

que nos dejaran solos,

que nos dejaran dormir.

Las grietas en las paredes

se abrían como heridas,

se tragaban el aire,

encendían el llanto extenuado, hambriento,

el chillido de los pájaros,

posados en el balcón,

en los amaneceres de ceniza y de hielo.

Escombros de naturaleza caliente.

Gritos,

rompiéndose,

en los oídos, en las entrañas,

en todo el universo,

mientras se confundían los ángulos

del espacio y del tiempo.

Oía la cuna moverse,

muy despacio,

con un gemido lento y amargo.

Y quería levantarme a mecerlo.

Quería levantarme.

La noche era una garganta infinita

que crujía bajo el suelo.

Nos dejaron dormir.

Ahora me miras desde el gris triste del papel,

los ojos hechizados de estrellas.

Me susurras…

viejos sueños, viejos recuerdos

que se perdieron como líneas de luz dibujadas

un instante en la niebla.

Mi amor, no te sientas triste;

sus sábanas rotas lo arrullan en silencio.

La luna febril se asoma a la ventana,

enferma de amor y de sangre.

Pero ya no trae gritos,

sólo una noche herida de abismo,

tan sigilosa, que duele.

Antes me ovillaba para protegerme,

cantaba muy bajito;

cantaba esa canción del gramófono, ¿recuerdas?

¿Recuerdas cuando bailábamos?

y te reías,

y yo me ponía ese vestido blanco…

La música era leve, la escucho

cada día, cada minuto, en mi cabeza.

Cada segundo.

Le cantaba a esa cuna rota.

Y él levantaba sus bracitos

y sonreía.

Si le hubieras visto, parecía un ángel.

Yo le cantaba canciones hermosas,

los sueños que escribiste para él.

Hacía frío…

(¿Recuerdas el vestido blanco?).

Cuando ocurrió, hacía frío.

Entraron esos pájaros

después del último estallido.

(¡La música, aquella música, aquella música hermosa!).

Y ya nada pudo evitar el aullido del cilantro,

ni la bestial geometría del cuervo, ni el hedor,

ni la gélida pulsación que decapitó los días.

Una hiedra lenta pudrió los muebles,

la nube se instaló en el salón, se dislocaron

las notas confusas que componían la belleza

y la alternativa, una sola daga rígida

dividió la sangre.

La cuna dejó de moverse.

Ya no tenía frío.

Pero seguí meciendo la cuna,

seguí cantando, para que pudiéramos dormir,

para que pudiéramos respirar.

Cantaba y mecía la cuna.

Ahora, sólo tengo sueño.

Huele a humedad,

como si hubiera llovido durante siglos

sobre la tierra.

El sol encharca, otra vez, la habitación,

con trazos de luz y de sombra;

susurra, desde el crepitar diminuto,

su ruido de polvo sobre la luz,

su murmullo perverso e interminable.

No se va, aunque apriete fuerte.

No quiere irse.

Pero eso ya no importa…

Le meceré, le daré de comer,

y volverá a sonreír,

y jugará con el caballito.

¿Dónde está ese caballo blanco de cartón?

No estés triste, mi vida, ni por un instante.

Son días hermosos. Días felices,

para nuestro precioso, precioso niño

que ya no llora.


Reseña en Cantando sobre el atril, blog del profesor de literatura Félix Rebollo, el 13 de febrero de 2014

febrero 21, 2014

Ante mí otro libro con una poética ardorosa, de entrega, de entusiasmo, de dicha, con que nos envuelve Izara; hasta su nombre nos conduce hacia al Parnaso, al paraíso poético. Al leer el título, me vino a la memoria la expresión “vivid como hijos de la luz”, que no sé exactamente de dónde la he tomado, quizá oído, pero que se hace realidad en este nuevo libro de una gran poeta que desconocía hasta que caí de bruces al leer Avenidas del tiempo.

“Amad hasta la muerte” es el verso final. El que ama de verdad, el que llega a ser amigo/a del alma, compañero/a del alma debe esperar también en el más allá si existe; a eso debemos aspirar; recordemos el verso lopiano: “y pasaremos juntos el Leteo“, o el quevediano “Amor constante más allá de la muerte” (Nadar sabe mi llama el agua fría (…). Polvo serán, mas polvo enamorado). Es la entrega total, sin fronteras, ni espacios, ni edades; no se desintegra. Si no se llega ahí, no hubo verdadero amor, fue alicorto, de vuelo rasante. Aquí la naturaleza es exigua, y si vemos lo presente solo  es dadivosa para una minoría.

En una tarde de un dia lluvioso, leo, miro a la lejanía,  me detengo ante el verso de Izara, ensimismado, absorto.  Esta vez comencé por el final; me ha enzarzado; el último poema comienza con “Fabrícame con tus ojos la existencia”. Ya no hace falta continuar, quedo ebrio, embelesado. Hay una tradición en la poesía cómo los ojos, la mirada, constituyen una atracción superior; en concreto, a mí es lo que me encadila, lo que me hace ser; es la hondura, la entrega sin fin, el amanecer en tus ojos, el arrullo constante, una celebración en suma.

Otra idea que me estremece del libro es lo maternal-qué más da que sea experiencia personal o no-; poco importa.  En el poema “Canción de cuna” el yo poético ha libado de tal forma que nos sumerje en una realidad; lo primordial es que nos trasmite, nos asombra con los versos: “Ya no tenía frío. / Pero seguí meciendo la cuna, / seguí cantando, para que pudiéramos dormir, / para que pudiéramos respirar. Cantaba y mecía la cuna. (…). No estés triste, mi vida, ni por un instante /. Son dias hermosos. Días felices, / para nuestro precioso, precioso niño / que ya no llora“. Todo un hito maternal, ¡que asombra!

¿Por qué el dolor amoroso arruina, nos empequeñece? Simplemente porque ansiamos que el otro/a nos quiera de la misma forma. ¿Debemos exigirlo? He ahí el dilema. Es el dolor el que nos inunda de egoísmo porque queremos todo, no una parte. ¿No es alagüeño que nos digan “Te quiero hasta donde ya no quedan nombres / ni palabras”? La imperfección en el amor no cabe. El sentimiento no calla, es luz, es uno (“Mañana veré tus ojos. / Tu rostro estará arrugado; pero tus ojos, / como el reflejo de los días en que viví / la belleza de las cosas, / seguirán siendo / del color del mar“.

El recuerdo soñador con destellos de vida intensa-¿qué más se pude decir?- lo desliza nítidamente en (“Iré al sur, / cuando no estés, / para ver el amor como lo dejamos. / Para que tengan tu aliento las calles, / y las almenas llanto“.

También subyace la traición, el engaño (“a ese falso gritar amor / y, con avidez, calentar la nada, / a esa caricia engañosa / que se hace migas“. Y cállate se hace acción, no me lo digas más, en (“no me vendas el necesito la piel con piel´”), que refulge en el verso (“al ´ya´ / sin profundidad y sin alma”). Es, claramente, aléjate. Así no te quiero.

El recuerdo del poeta de Orihuela se hace ver como solidaridad, como justicia.  La pregunta es necesaria en el verso (“Y tú, Miguel, que soñabas otro universo, / ¿a dónde fuiste?), en la que aflora el verso manriqueño. Pero, antes, Izara ha recordado al poeta (“Te derramaste como un mar de luz / sobre la noche de los que sufrían, / les pusiste en pie”). Por si no quedaba nítida la querencia, lanza al aire: “Te seguimos, Miguel”.

La preocupación por los que callan, por los que van en tropel, por los dormidos por el sistema, por los pasivos, por los que miran solo,  por aquello de “si lo que piensas no está en Facebook, / deberías esconderte. Todo el mundo sabe que un cerebro dormido / es querido por todos y, del sistema, el mejor amigo”. Son destellos de la sociedad de consumo.

Si tienes la oportunidad de leer estos treinta y nueve poemas de que consta el libro, en ellos hallarás esa ráfaga de conocimiento, de simiente, de destello continuo, de albor, en este caminar en el que hemos sido llamados para recorrerlo.

 


Otros libros de Izara Batres

febrero 1, 2014

portada Cortázar y París

Cortázar y París: Último round.

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