marzo 12, 2014

IV.

Era en otro país.

Eran los tigres, de noche,

y las estrellas, en el tambor, a lo lejos.

El barco de coral inundaba el cielo,

cargado de risas.

Rugían las olas.

Un latido, en el aire, golpeó,

salvaje como el universo.

Y entendí

que, al fin, el dolor

había perdonado a mi alma.

 

V.

Tiene que estar ahí,

entre el telón y la espuma

y la baba amarilla de la luz eléctrica.

Tiene que estar más allá del circuito

que nos deshace y nos traza

bajo el licor urbano de las mareas.

Tiene que ser algo más que un lunes

tras el domingo,

algo más que la m-40;

tiene que estar deshipotecado,

desacontecido,

escindido de la madeja.

Tiene que ser dorado y pasaje,

la suma oblicua de ayer y selva,

tiene que desplegarse,

como el milagro de una edad encendida,

sobre el muro del opio,

los trámites y los enemas,

sobre las cifras, sobre el amor dormido,

sobre el magnífico absurdo

de la burocracia ciega.

Tiene que desplegarse,

con las alas enfebrecidas,

hasta tocar el vértigo de las esencias.

Y cuando ruja, con su profundo corazón celestial

incendiado de cólera y ternura,

sabremos que no era un sueño.

 

 VI.

Fabrícame con tus ojos la existencia

de un lugar en armonía con el fuego,

haz una barca con los extremos del día,

pon en el centro una urna y un sitar,

yo seré la golondrina.

Crearemos, en el viraje, un boceto

de lo que debe ser la eternidad;

después, ataremos hilos de colores.

Haremos un pastel para desinfectar

el tuétano del coloso,

lo limpiaremos de billetes

y de nada;

proclamaremos el estado

de ingravidez.

Haremos cera, como las abejas,

la volcaremos sobre los huecos,

sobre la sucesión de instantes,

hasta que el mástil gire.

Será la percusión de un increíble

amanecer almendra.

Una vez que el viaje haya comenzado,

no mires atrás,

no dejes que tu pelo se detenga,

sé cómplice del ritmo;

déjate acariciar

por el viento en el que se mecen las aves,

por el enloquecido ciclón imaginario

que barrerá las calles de felpa,

y dibujará cascadas y óleo

desarticulado,

y hermosos caballos-cisne,

donde, hoy,

hay plazas de piedra.

Mira más allá de las olas que acarician

el vientre infinito;

escucha,

sólo un segundo, un átomo, una centésima…

En la llama del verso hacia la luz

alguien ha dejado un mensaje:

«Amad hasta la muerte».

 

VII.

Yo he visto atardeceres nubosos como el halo del deseo

en una fugaz respiración de invierno.

He contemplado cómo una mirada puede ensordecer

la ira del clima.

Y tus manos han acariciado numerosas veces

esta pátina del olvido

que ofrece un vulgar otoño.

O el primer recodo del frío, al final de una calle de Nueva York.

 

Te quiero porque te vuelves rojo cuando el aire ha exhalado

el último hilo de niebla,

cuando ya no quedan heridas,

y el cielo apaga el vendaval del mar,

tras la búsqueda.

He amado muchas veces tu espléndida frente recia

que no naufraga;

el nuevo estallido de las espinas.

 

Por esto y por otras cosas,

porque he visto caer el telón

sin que el mundo se despierte y pueda ver la obra,

amo tu sinfonía al vaivén del fragor desordenado.

Cuando la última estrella ha puesto en el rosado crepúsculo

un poco más de fantasía.

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